¿Qué tienen en común todos los inicios de Gobierno? Inician con una leve ventaja democrática e inmediatamente se disparan en popularidad por la gestión de sus primeros meses, creando una suerte de conveniencia colectiva que los provee de una legitimidad capaz de hacer cualquier cosa, y lo más peligroso es que algunos lo hacen.
45 años de democracia y seguimos en la misma tendencia, decimos aborrecer la politiquería, pero nos ilusionamos en cada elección, condenamos a los partidos, pero es allí donde vamos a buscar al candidato; entonces pensamos ser una sociedad crítica mientras callamos injusticias.
Decir que la “política es así” no es explicación suficiente para actuar indiferente, menos aún ir abonando populismos y luego lavarnos las manos por una elección errada.
Y en esta amalgama popular hay mucha “gente buena” con más odios y prejuicios que la tía beata rezando la novena, u otros tantos revolucionarios capaces de cambiar de ideología por intereses, dinero o a conveniencia, y también los cristianos que desde la opulencia moral dan catedra de suficiencia política o intelectual mientras dejan más dudas de sus alianzas y pactos.
Solamente en la última elección asomó Villavicencio como un mesías, que, en medio de amenazas, insultos y persecución, instauró un populismo casi casi propio de la inquisición. Lo terrible de esta tendencia es que sin pensar capitalizó un importante requerimiento popular, que viene brincando, de Moreno, Lasso, Villavicencio y ahora Salazar.
La historia nos recuerda siempre lo peligroso que son los extremos, generar odio es el caldo de cultivo de estas tendencias, y el resultado son los fascismos y fanatismos políticos, justamente aquellos que no cambian de opinión y no querrán cambiar de tema, y como decía Cabral: lo más peligroso es que pueden ser muchos y al ser mayoría eligen hasta el presidente.
Jorge Ochoa Astudillo
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