Alternativa nefasta

Ningún hombre es una isla dijo alguna vez John Donne, destacando el carácter gregario de nuestra especie y la necesidad de colaboración que nos empuja. Estos esfuerzos comunes llevaron a la creación de sistemas políticos más o menos democráticos. La Europa del siglo XX ideó el Estado de bienestar, es decir de la organización política que satisface de forma justa las necesidades de sus ciudadanos. En Inglaterra este tipo de estructura comenzó a declinar con el ascenso de Margaret Thatcher, cuya visión ultra liberal ha llevado a la destrucción de toda la red de protección social británica, según advierte George Monbiot columnista de “The Guardian”. Este periodista señala que la pauperización del tejido social de forma inevitable empuja a la gente a votar por alternativas de carácter fascista. Ahora bien, según Umberto Eco, existe el “Ur fascismo” que se manifiesta en muchas formas y puede surgir de cualquier punto del espectro político. Y así, cuando aparece un líder investido de vanidad a toda prueba, con la soberbia certeza de tener siempre la razón, portando promesas magníficas, lo más probable es que el pueblo desesperado lo consagre como un nuevo salvador y que el fascismo global se anote otra victoria antidemocrática.

Tal peligro se cierne amenazante en el ámbito local y nacional. El gobierno y el municipio han alcanzado las cimas de la inefectividad y del descuido. Ese tejido protector que mal o bien brindaba alguna forma de bienestar ha desaparecido, y el miedo, y el hambre, y la desesperanza llevan a las personas a buscar esos líderes autoritarios que, agazapados en las sombras, esperan este tipo de oportunidades para sacar del enmohecido sombrero el espejismo de otros tiempos que nuestra mala memoria hace suponer mejores. Huyamos de tales trucos, busquemos la lucidez.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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