Nuestro mundo está lleno de marginados: personas a quienes los hombres hemos puesto a un lado de nuestro afecto, nuestras atenciones y nuestra cultura. Y esto por motivos tan mezquinos como la diferencia de filiación política o de nacionalidad, de situación económica, de raza y hasta del color de piel.
¿Cuántos excelentes esposos quedan para siempre excluidos de la familia de su pareja, por aquello de: “no pertenecen a nuestra condición social”? ¿Cuántas personas son rechazadas simplemente por ser diferentes o por no tener recursos, posición o las condiciones que otros consideran necesarias para ser parte de su círculo?
Y existen todavía otros marginados con quienes no contamos para nada en nuestros planes, porque los miramos como una carga, a causa de sus limitaciones físicas o psicológicas: los ancianos, los enfermos, las personas con discapacidades, y tantos otros que, muchas veces terminan viviendo en el aislamiento y la indiferencia.
Para Dios, en cambio, no hay marginados, porque es el Padre de todos. Él quiere la integración de todos sus hijos por medio del amor. ¿Acaso no ha elegido para su Reino, con especial predilección a los pobres, a quienes nosotros tantas veces marginamos?
Jesús vino en último término, para integrar a todos los marginados en la comunidad de los hombres y en la comunidad de Dios. Su mensaje nos recuerda que nadie debe ser excluido por condiciones como las ya citadas.
Tal vez deberíamos preguntarnos: ¿A quiénes estamos dejando al margen?
Una sociedad verdaderamente humana no puede construirse levantando barreras, sino tendiendo puentes. Porque donde nosotros vemos diferencias, Dios ve hijos; donde vemos limitaciones, Dios ve dignidad; y donde nosotros ponemos distancia, Él nos invita a poner amor.
Edgar Alejandro Ojeda Noriega
eaguasysuelos1@gmail.com