Son 75 kilómetros de recorrido, llenitos de fe de la más alta concepción católica, vividos de manera impresionante por miles de feligreses que, desde el 17 de agosto han caminado desde El Cisne con descansos en San Pedro de la Bendita y Catamayo, hasta llegar exhaustos pero felices a la ciudad de Loja el 20 de agosto, cantando y vitoreando a una pequeña imagen de la Virgen del Cisne, que ha sido la razón poderosa para esta magnánima manifestación de amor filial.
Resulta conmovedor observar como los feligreses, sin distinción de raza ni color ni posición socio-económica, unidos por esta ancestral devoción a la milagrosa imagen, hacen esta ofrenda física de agotador esfuerzo para hacer este recorrido que, al paso de los caminantes, queda un manto de flores y canciones que, poco a poco, se pierden por las estribaciones del Villonaco. Observamos a personas con dificultades para caminar demostrando que su fe es más poderosa que cualquier deficiencia, otras caminando descalzas, muchas con sangre en sus pies, pero, no importa, porque esa es una forma con la que quieren demostrar el respeto y veneración a tan hermosa Madre.
Y Ella, como reina, en su pequeña urna que, al ser portada por policías, militares, religiosos y privilegiados caminantes, parece que volara sutilmente y, en cada paso, fuera contestando a cada ovación y plegaria, con una sonrisa y múltiples bendiciones. Y su ingreso a Loja fue apoteósico y la ciudad que esperaba su llegada, simplemente se rindió a sus pies.
Ya la tenemos en la iglesia Catedral en donde, todos los días, recibe la visita de cientos de católicos y espera ser el centro de las grandes celebraciones el 8 de septiembre, su Día Mayor, cuando el vecindario azuayo, con miles de visitantes, le colma de halagos, flores, plegarias y castillos durante una semana entera.
Y, mientras la Virgen del Cisne es objeto de tan cálida y tierna veneración, Loja vive su tradicional Feria, con una serie de eventos culturales, artísticos y comerciales que hacen que la castellana ciudad se convierta en el epicentro festivo del país y de pueblos vecinos, que vienen a refrescar su alma ante la portentosa imagen y a disfrutar de la genuina hospitalidad de los lojanos.
Darío Granda Astudillo
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