Hay momentos en que un país no necesita otra cadena nacional, otro decreto ni otro culpable conveniente. Necesita algo mucho más incómodo: mirarse al espejo.
Ecuador parece haberse acostumbrado a vivir entre contradicciones. Se habla de democracia mientras organizaciones políticas son suspendidas en pleno proceso electoral. Se invoca independencia institucional mientras Fiscalía, CNE, TCE y justicia aparecen una y otra vez en decisiones que terminan golpeando a opositores. Se promete seguridad, pero seguimos contando niños asesinados, barrios abandonados y familias encerradas por miedo.
Además, nos dicen que la economía mejora. Puede ser. Las cifras macroeconómicas importan. Pero la verdad es que ninguna estadística llena una farmacia vacía de un hospital público, consigue una cama hospitalaria o devuelve tranquilidad al barrio donde una madre teme que su hijo no regrese.
Y mientras todo esto ocurre, seguimos discutiendo quién hizo algo peor hace diez años.
Qué cómodo.
Si cuestionamos al Gobierno, aparece Correa. Si hablamos de salud, aparece Correa. Si preguntamos por justicia, elecciones, contratos o seguridad, nuevamente Correa. Parecería que gobernar consiste en administrar el presente culpando permanentemente al pasado y olvidando, convenientemente, que han pasado tres gobiernos desde Correa.
Los medios también tienen responsabilidad. Algunos dejaron de fiscalizar para convertirse en administradores del relato. Las preguntas incómodas se reemplazan por titulares amables; ciertas denuncias ocupan semanas y otras apenas segundos. Así, poco a poco, la ciudadanía termina confundiendo información con propaganda.
Pero quizá lo más grave no esté solamente en Carondelet, los tribunales o las redacciones. Está en nosotros.
Nos indignamos según quién sea la víctima. Exigimos justicia dependiendo de quién sea el acusado. Defendemos derechos humanos cuando benefician a los nuestros y los relativizamos cuando protegen al adversario.
Eso no es democracia.
Es tribalismo con papeleta electoral.
La verdad no debería tener partido. La dignidad tampoco.
Y cuando una sociedad empieza a justificar lo injustificable únicamente porque perjudica al contrario, ya no necesita que le prohíban pensar.
Ella misma aprendió a dejar de hacerlo.
Álex Daniel Mora Arciniegas
alexmorarciniegas@gmail.com