A sus 82 años, el escritor, Premio Nacional Eugenio Espejo 2026, habla desde la nostalgia de un hombre enfrentado al desarraigo, la pobreza y al amor de una mujer, que no sabe quién es.
María Isabel Punín Larrea
Especial para HORA32

Carlos Alfonso Carrión Figueroa (1944) es un lojano particular. En la ciudad todos lo conocen, casi todos hemos leído uno que otro de sus libros, cargados de erotismo y humor a la vez. Sus cuentos son una extraña, pero también maravillosa forma de reírnos de nosotros mismos, de la ballena gigante que asomó en el río Malacatos o la Venus desnuda en el parque de Jipiro.
Su familia
Viene de una familia de siete hermanos, dos de ellos murieron cuando eran niños. No ha dejado de soñar en el simple hecho de volver a su pequeña casita de Malacatos, de donde salió cuando tenía 12 años para vivir 100 años más, en paz.
Tiene 82 años, tres postulaciones al Premio Nacional Eugenio Espejo, que en 2026 se alzó con el triunfo, y más de una docena de libros traducidos en varios idiomas. Cada obra le provoca una nostalgia infinita que se nota en sus ojos, en su cuerpo cada vez más delgado y su pelo totalmente gris escondido bajo un sombrero de paño negro.
“No hago otra cosa que escribir”, dice y en ese contexto se niega a abandonar su condición de escritor, pese a las penurias económicas, confirmando el espíritu libre que lo habita desde 1969, plasmado en su primer cuento Porque me da la gana y en su reciente novela La mujer que despiojaba a Monseñor, que, según dice, está cargada de ironía y humor.
Su memoria está intacta, es capaz de recordar con nitidez la orden de su profesor de escuela, Alfonso Sotomayor, diciendo: “Crucen los brazos sobre el pupitre y guarden los libros”. Es que, el momento de leer Corazón, de Edmundo de Amicis, había llegado. Nunca fue capaz de llevar un diario de vida, exigencia escolar, pero sí logró esquivar el sol canicular que cae en Malacatos, a eso de las 10 de la mañana y dedicarse a escribir y escribir únicamente sobre cualquier cosa, cuenta.
Imaginación infinita
Carrión ha viajado muy poco, pero su imaginación no tiene fronteras, un trayecto que inició con los cuentos de Horacio Quiroga, un poco antes de tener 11 años y podría terminar en Loja o en Madrid, sin problema alguno, su imaginación es siempre infinita.
Madrid es siempre particular porque ahí está su hermana, Julia, y también conoció el amor, esa tierra lejana es una cantera interminable en todas sus novelas. “Madrid está empedrada de graduados universitarios ecuatorianos… Y no es arduo imaginar que los senderos del Parque de Retiro sean la prolongación de los pasillos de las universidades de Sudamérica”.
Sus novelas exploran la densidad humana del ser que ama y que sufre con bondad el olvido de Dios. “Buscó a qué huele Nueva York” y en esas calles que son tan ajenas siempre se puede encontrar al lojano, peleando contra el mundo.
“Trato de saber lo que se escucha en Nueva York, las sirenas de las ambulancias y los bomberos. Unos huyendo, otros sobreviviendo, así nació: Un bacán en Nueva York” (EP. Editorial, 2021), su imaginación es un pasaje vip, un migrante particular lleno de ideales.
La novela que le permitió traspasar fronteras está inspirada en un migrante que no buscó nunca enriquecerse como los judíos, sino robarles el oro, una forma de vengar la muerte de nuestro Señor Jesucristo.
Sobre su cabeza hay un crucifijo de madera clásico, una de las pocas pertenencias que sobrevivió de la mudanza cuando vendió su casa. No ha podido olvidar su expulsión del Movimiento Neocatecumenal, pero tiene más fe que católico en misa.
A orillas del Zamora
Desde hace dos años, aproximadamente, vive en un modesto y pequeño departamento, ubicado frente al río Zamora, en Loja, y, de alguna manera, “las tristezas del recuerdo” lo van matando lentamente. “Yo no estaría bien, ni en Quito, ni en Guayaquil, ni en Madrid donde pensaba mi mujer llevarme a vivir finalmente. Para mí, de los lugares lo mejor son las personas, no los edificios, los puentes, los monumentos… Aquí hay una paz que no tendría en otro sitio. Volando con la imaginación me voy a Roma, a Madrid o Nueva York”.
Reconoce que la narrativa lojana se encuentra estacionada desde hace más de 33 años. En Loja hay un premio de narrativa “Miguel Riofrío”, han pasado 10 ediciones y no lo ha ganado ningún lojano. “Yo no he influido a nadie…”, pero no parece ser un tema de su preocupación, como tampoco le inquieta que sus libros se vendan o se lean, al final estoy frente a un hombre sin mayores ambiciones que su paz interior.
“Me estafan los que venden los libros en Guayaquil, en Loja, en Quito y yo me quedo tranquilo. Mi hijo, Juan Carlos, que es más justiciero que yo, me dice ponle un abogado, pero yo necesito la tranquilidad para escribir y estar con Mary Flor”, su esposa. Su primer trabajo fue vender helados en el parque Bolívar, de Loja, una forma de ganarse la vida y leer libros y más libros. La vida, la inflación y la enfermedad de Mary Flor le han quitado todo, incluso su modesta biblioteca.
Una jubilación ‘de a perro’
De su jubilación “de a perro”, como la califica, en condición de profesor de la UNL, solo le queda un póster gigante de Marilyn Monroe, su fetiche personal. Conserva ese trozo de papel casi como un tesoro, lo compraron juntos en el mercado central de Loja, en esos sitios donde venden libros usados que nadie leerá. El ícono de Hollywood está en un rincón silente de su pequeña biblioteca y lo acompaña mientras ejerce su oficio de escritor a tiempo completo.
Revisamos algunos de los pocos libros que le quedan, recordamos a otros lojanos, a otros escritores y evadimos el tema de la muerte. Hablamos del taller de literatura de la Casa de la Cultura, que no mismo da frutos, comenta. 2026 ha sido duro, confiesa, se fueron Fausto Aguirre, Stalin Alvear y quizá el próximo, ¿quién sabe?, sea yo.
Entonces, baja la mirada intentando que no vea sus ojos llorosos, como si fuera un niño avergonzado por la impertinencia de sus preguntas. Se reincorpora inmediatamente, vuelve firme a la cámara, se acomoda su camisa blanca sin cuello y dice yo quiero que en mi lápida se escriba: “Nació para amar”.
Es un enamorado de las mujeres que son el personaje principal de todas sus novelas, desde erotismo, por supuesto, pero también desde la realidad de la vida. “La belleza es la verdad, la belleza entre menos vestida, mejor vestida está”, no tiene reparo en reconocer la superioridad de la mujer sobre el hombre, mientras evade temas banales del feminismo actual.
‘Qué maldito es el olvido’
A Mary Flor, su esposa, la conoció en la década de 1970, cuando fue a la Complutense de Madrid. En ella está el corazón de todas las mujeres, un corazón casi como sobre humano, que reúne lo maravilloso y lo bello. Ella es también una mezcla compleja de la densidad humana, que se enfrenta a la enfermedad, a la soledad y también al hastío. “Qué maldito es el olvido”, impreca.
Era una peluquera, elegante, espigada y muy sociable, que dejó la Madre Patria para hacer una vida junto a él. Los lojanos admiran siempre sus coloridos sombreros de paño y flores y su buena conversación. Era habitual ver a la pareja tomados de la mano recorriendo las calles céntricas de la ciudad, sin prisas, entrelazados para siempre, para entonces el olvido no era una preocupación.
“No he tenido hijas biológicas, el malvado Alzheimer me ha dado una hija en mi mujer enferma de Alzheimer. Cuando le doy de comer, me alegro como si fuera una hija pequeña. Una forma curiosa de combatir el dolor de verla y saber que ella no sabe quién soy”.
A vivir con la soledad
La enfermedad de su esposa le ha robado todo su tiempo, pero también las pequeñas alegrías, como dice la canción: “el olvido solo se llevó la mitad, y tu sombra aún se mete en mi cama con la oscuridad entre mi almohada y mi soledad” y esta, de alguna manera, ha aprendido a vivir con esa soledad.
“Estoy desesperado, sin embargo, el juramento que le he hecho a mi niña, en secreto, me persuade de seguir con las mentiras y la buena cara. Y me trago las lágrimas…”. Cierro la página 77 de su libro La ciudad que te perdió (2013).
A lo lejos escucho una voz firme que dice: “Ya terminan, es la hora del almuerzo”. Tomo mis apuntes y me retiro, Carlos debe dar de comer al amor de su vida, a su niña pequeña. Yo retorno a mi trabajo aburrido, pero que me permite, de alguna manera, también comer y sobrevivir.
- VOZ
Me estafan los que venden los libros en Guayaquil, en Loja, en Quito y yo me quedo tranquilo
El malvado Alzheimer me ha dado una hija en mi mujer enferma de Alzheimer
Carlos Carrión, escritor lojano

- Carlos Carrión: Premio Nacional Eugenio Espejo 2026
El escritor lojano, Carlos Carrión, obtuvo este martes, 4 de agosto de 2026, el Premio Nacional Eugenio Espejo 2026, máximo reconocimiento que otorga el Estado a las personas que han enriquecido la cultura, las artes y las ciencias.
En la XXXII edición del galardón, Carrión fue reconocido en la categoría Literatura, consolidando una trayectoria de más de cinco décadas dedicada a la creación literaria, la investigación, la docencia y la promoción de las letras ecuatorianas.
La candidatura de Carrión contó con el respaldo de la Editorial Saeta Profunda, dirigida por Stalin Bladimir Paciche Acaro; la UTPL; el Municipio de Loja; la CCE-Loja, entre otras entidades.
Nacido en Malacatos, el 25 de enero de 1944, Carlos Carrión es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Nacional de Loja y doctor en Letras por la Universidad Complutense de Madrid.
Su trayectoria literaria comenzó en 1969 con la publicación del libro Porque me da la gana. Dedicó 38 años a la docencia en la UNL. Entre sus obras figuran: Una niña adorada, El deseo que lleva tu nombre, ¿Quién me ayuda a matar a mi mujer?, entre otras. Ha recibido varias condecoraciones.