Una democracia saludable se reconoce porque el poder encuentra límites, enfrenta cuestionamientos y convive con una oposición capaz de fiscalizarlo. Cuando el silencio reemplaza al debate y el aplauso sustituye a la crítica, la democracia comienza a perder una de sus funciones esenciales.
En el Ecuador de hoy no fue necesario confrontar a todos los actores sociales. Bastó con que unos pocos recibieran el mensaje para que el resto entendiera las consecuencias de disentir. El resultado es evidente: la oposición política luce debilitada, los cuestionamientos son cada vez más escasos y aquella intensidad con la que antes se exigían explicaciones al poder parece haberse desvanecido.
A este escenario se suma el papel de una parte de los medios de comunicación, que con demasiada frecuencia optan por celebrar anuncios antes que verificar resultados. Informar implica contrastar datos, contextualizar cifras y señalar errores cuando existen. Convertirse en caja de resonancia del discurso oficial solo empobrece el debate público y priva a la ciudadanía de una visión completa de la realidad.
Mientras tanto, se intenta convencer al país de que todo indicador constituye un éxito indiscutible. Pero gobernar no consiste únicamente en plantear un discurso; también implica responder por las promesas incumplidas, las deficiencias en los servicios públicos, la falta de empleo, la inseguridad y las decisiones que afectan la calidad de vida de millones de ecuatorianos.
Una democracia no fracasa de un día para otro. Se deteriora cuando el miedo sustituye a la crítica, cuando la prensa deja de fiscalizar y cuando los ciudadanos normalizan el silencio. Sin contrapesos, la democracia corre el riesgo de convertirse en una simple ratificación del poder, dejando de ser el espacio donde las diferencias se expresan con libertad y donde quienes gobiernan rinden cuentas a la sociedad. Hoy vivimos en una democracia fallida.
Santiago Ochoa Moreno
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