En Ecuador cambian los nombres, pero la historia se repite sola, como una canción que ya nos sabemos de memoria. Llega otra elección y vuelve el mismo lavado de cara. Caras nuevas, discursos viejos. Siglas distintas envolviendo las mismas costumbres. Nos prometen renovación y, al final, nos entregan reciclaje.
El debate se está muriendo despacio. Ese ejercicio de confrontar ideas con argumentos, de pensar en voz alta frente a otro que piensa distinto, ya casi no existe. Lo reemplazó el video de quince segundos. Ya no discutimos un modelo de país, ciudad o provincia, producimos contenido. La propuesta perdió su lugar frente al cuento bien editado, frente a la frase que suma » un me gusta» pero no resuelve absolutamente nada. TikTok no tiene la culpa. La culpa es nuestra, por dejar que sustituya al pensamiento en lugar de acompañarlo.
Hace años, hacer política pedía algo. Pedía conocer la norma, tener experiencia real gestionando, haberse formado, y sobre todo, sentir vocación de servicio. Hoy alcanza con una buena narrativa. Alcanza con parecer cercano, indignado o gracioso frente a una cámara. Cambiamos el mérito por el algoritmo, y casi nadie lo nota.
Así llegamos al autoservicio. Candidatos sin perfil, sin trayectoria comprobable, sin equipos, sin una propuesta que sobreviva más allá del eslogan. Gente que mira la función pública como una oportunidad personal, no como una responsabilidad con los demás. No se preguntan qué pueden darle al país, se preguntan qué pueden sacarle.
Esto tiene un costo, y no es pequeño. Se traduce en decisiones improvisadas, en instituciones cada vez más débiles, en políticas pensadas para viralizar hoy y no para durar mañana. Se traduce a candidatos que saben hablar bien frente a un celular, pero que no necesariamente saben gobernar.
Ecuador necesita volver a exigir. Formación, experiencia y servicio no son detalles bonitos de un discurso, son lo mínimo para tener poder sobre la vida de otros. Mientras sigamos aplaudiendo el show antes que la sustancia, seguiremos eligiendo administradores de audiencia y no administradores de Estado. Que nos salve Dios, sí. Pero también nos salvemos nosotros, votando informados y no entretenidos.
Daniel González Pérez
dagonzalezperez@gmail.com