La política y la diplomacia existe para conducir y guiar las relaciones entre Estados, organizaciones internacionales u otros actores mundiales, el medio indicado es la negociación y el dialogó, mientras que el objetivo real es la economía, el comercio, el intercambio, la paz o la misma guerra.
Para esto es necesario recursos infinitos, financiamiento, espacios de seguridad e intimidad política, jets privados, mucho lujo, y círculos de poder cerrados con una clase VIP que nos gobierne y que se encargue de lo que no sabemos encargarnos los pueblos.
Y así dirime la ONU un conflicto en Kharg desde la comodidad de Nueva York, se sentencia un delito en Donetsk desde la solemnidad de la Haya, o se verifica la Paz mundial impuesta por la FIFA desde un Jet Privado.
Pero algo diferente suceded con el futbol y su irracional equilibrio, y es que viene a romper con toda esa lógica diplomática, con la geopolítica, con la economía e incluso la culturalidad de un solo sablazo y en 90´.
Y es que otorga un poder de discernimiento colectivo tan democrático que enorgullecería a cualquier gobierno, y funciona como un catalizador de problemas de toda índole, incluso de los que aún no entiendes y los pone a la mesa de la discusión social como una simple dicotomía, filtrando su valoración a buenos o malos, héroes y villanos, correctos o inmorales.
Entonces a través del futbol comprendes como la intromisión de una embajada puede funcionar como bandera de colectivismo, o la agresión entre hinchas puede ser un motivo de declaratoria de guerra nacional. Y está bien, pues por un momento el futbol concentra todo el nacionalismo posible, lo cual de otra forma no sería posible.
Entonces lo imposible por un momento puede ser realidad, la ley del futbol te da esa posibilidad. ¿Y si esta vez sí?
Jorge Ochoa Astudillo
jorge8astudillo@gmail.com