Dicen que el reino atravesaba su peor invierno. Las aguas descendían de las montañas con una fuerza desconocida; los techos de las casas cedían, las calles se abrían en grietas y el frío parecía instalarse para siempre.
Sin embargo, desde su castillo, con las cortinas siempre cerradas, el rey repetía:
—¡Estamos bien!
Sus escuderos asentían con convicción.
—Estamos bien, Majestad. Escúchenos a nosotros, no al griterío de la gente.
Pero los rumores llegaron hasta el palacio: el pueblo comenzaba a cansarse. El rey, inquieto, abrió por primera vez las cortinas. Afuera vio pobreza, enfermedad y desesperanza. Durante un instante guardó silencio. Lo que contemplaba no se parecía en nada a aquello que sus consejeros le habían descrito.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
Uno de los escuderos respondió sin titubear:
—La alegría siempre vence al pensamiento. La fiesta siempre derrota a la idea crítica.
El rey sonrió.
—Entonces habrá fiesta.
Ordenó celebrar el Gran Festival. No duraría un día, como era tradición, sino siete noches y siete días. Y el reino olvidó el invierno. En las casas cuyos techos amenazaban con desplomarse sonaba la música. Sobre las calles agrietadas, el pueblo bailaba con entusiasmo. Durante una semana, la algarabía convirtió las ruinas en escenario. Un muchacho caminaba entre la multitud cuando encontró a una anciana escultora trabajando sobre un bloque de mármol.
—¿Por qué no bailas con todos? —preguntó.
La anciana no levantó la vista.
—Porque me preocupa el octavo día- respondió.
—Pero todos los escultores están celebrando – increpó el niño
Ella apoyó el cincel sobre la piedra y respondió con serenidad:
—El octavo día mi casa seguirá inundada y las calles continuarán rotas.
Pasaron las siete jornadas. La música se apagó. El pueblo, todavía embriagado por la celebración, levantó la mirada y descubrió que el invierno seguía allí. Los techos continuaban caídos. El agua seguía entrando en las casas. Las grietas permanecían bajo sus pies. En una esquina de la plaza estaba terminada la obra de la anciana. Era una escultura de tamaño humano. Lo primero que llamaba la atención era su rostro: uno de sus ojos permanecía vendado; el otro apenas se abría, como si luchara por no volver a cerrarse.
En la base podía leerse una sola frase:
“El poder siempre teme más a una sola cabeza que piensa que a una multitud que festeja y aplaude”.
Pablo Ruiz Aguirre
pabloruizaguirre@gmail.com