Durante la presidencia de Galo Plaza, 76 años atrás, el país inauguró sus métricas: el primer cálculo de la balanza de pagos, el primer cálculo del PIB y el primer censo nacional ocurrieron en ese gobierno.
Con 3,2 millones de habitantes, 7 de cada 10 personas viviendo en zonas rurales, con un analfabetismo del 44 % y una pobreza que superaba el 70 %, sumado a esto un limitadísimo acceso al agua potable, pocas y precarias carreteras sin pavimentar, así se vivía en el Ecuador agrario de 1950.
Hago esta brevísima reseña histórica como recordatorio de cómo era, para quienes aún piensan que todo tiempo pasado fue mejor. Definitivamente, eso no es verdad.
Con el boom petrolero de 1972, el país cambió su matriz productiva, pasando del modelo agrario al extractivista, con un crecimiento del 8 % anual del PIB. La clase media creció y el analfabetismo cayó al 10 %, pasando de una economía rural a una urbana.
Los ingresos petroleros permitieron al país acceder a créditos internacionales que el Ecuador bananero nunca logró. Estos créditos posibilitaron, en buena medida, la mejora sustancial de los indicadores sociales, reduciendo la pobreza en un 50 % y triplicando el acceso a la universidad entre las décadas del 70 y el 80. Concomitantemente, la deuda externa se incrementó en gran medida.
Hoy somos un país mayoritariamente urbano, con una pobreza del 21,4 % según cifras oficiales y un 3 % de analfabetismo. Somos una sociedad más desigual e insegura que en 1950; es cierto, porque antes éramos más igualitarios, pero en la pobreza. Ahora, a pesar de todo, estamos mejor, y eso no es cosa menor, pero tampoco es suficiente.
El precio ha sido alto: daños ambientales de consideración, inseguridad rampante y una población que aún espera.
Fredy Cueva Castillo
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