En Loja, la cultura vial no es un problema cualquiera: es un síntoma de una sociedad que normaliza la irresponsabilidad. Aquí no se conduce, se sobrevive. Basta detenerse en un semáforo para ver el absurdo en acción: el conductor que se cree Lewis Hamilton empieza a pitar al microsegundo en que la luz cambia a verde, como si su ansiedad tuviera prioridad sobre la seguridad de todos. Como ya dije alguna vez, soy psicólogo, os puedo ayudar con eso.
Las calles están llenas de inconscientes al volante. Gente que conduce borracha, convencida de que “controla”, cuando en realidad son un arma con ruedas. Otros cambian de carril sin usar direccionales, como si las normas fueran sugerencias opcionales y no reglas básicas de convivencia. Nadie cede el paso, nadie respeta… y si les reclamas, se enfadan.
Esto no es solo falta de educación vial; es un reflejo de cómo cada uno conduce su vida. Es el reflejo de una mentalidad donde el “yo primero” vale más que la vida del otro. Y luego vienen los accidentes, las tragedias, las excusas.
Loja no necesita más campañas bonitas ni slogans vacíos. Necesita sanciones reales, controles constantes y, sobre todo, ciudadanos que dejen de comportarse como dueños de la carretera. Conducir no es un derecho, es una responsabilidad compartida.
Si no hay un cambio urgente en la forma de pensar y actuar, la calle seguirá siendo un campo de batalla. Y la pregunta es simple: ¿cuántos más tienen que pagar con su vida para que entendamos algo tan básico?
Victoriano B. Suárez Álvarez
victorianobenigno@gmail.com