Desde que somos pequeñas nos enseñan a cómo vestir, actuar, hablar y cuáles son los roles que desarrollamos con “normalidad”. Las mujeres debemos encajar en el molde de lo normal, lo clásico, lo elegante, dejando de lado lo estrambótico o lo extravagante.
Pero esas mujeres que hicieron historia a lo largo de los años fueron aquellas que lucharon sin medida y pudieron hacer de su vida un homenaje de lucha y resistencia, mujeres que salieron del mundo, que rompieron cadenas y estructuras.
Esas mismas mujeres que hicieron frente a un mundo donde la educación, el arte, la cultura y la política era cosa “de hombres”. A esas mujeres anónimas que los libros de historia silenciaron y no les dieron los créditos pertinentes.
Hoy muchas luchas se ganaron, podemos hablar de elegir y ser elegidas, de participar en elecciones, imaginar estar en los puestos de poder, elegir sobre educación sexual y reproductiva, tener una carrera universitaria. Sin embargo, nos unen la búsqueda de nuevas justicias: erradicar el acoso cibernético, el acoso callejero, que no se cuestione cuando estamos en el poder, derecho a la decisión sobre nuestros cuerpos, etc.
La lucha por la igualdad de género nace de la dolencia, pero camina impulsada por la esperanza. Es el grito silencioso de generaciones que aprendieron a resistir cuando se les negó la voz, es la fuerza de quienes se levantan cada día para reclamar un lugar justo en un mundo que durante mucho tiempo les dio la espalda. No es solo una causa, es el ultraje que se transforma en valentía, en sororidad, en la certeza profunda de que nadie debe vivir limitado por su género.
Porque no basta con hablar de mujeres, necesitamos que nuestras mujeres puedan hablar a través de decisiones reales y desarrollarse con empatía en una cancha que siempre estuvo más regular para los hombres.
8M, deberían ser todos los días, porque luchar no es un acto que se queda meramente en marzo. Que la conmemoración retumbe por mí, por ellas, por todas.
Verónica Capelo N.
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