Yo me identifico como Ornitorrinco porque identificarme como gato o perro, me parece muy común, sería lo que diría en estos días para sumarme a la moda actual. En los últimos días el debate sobre los therians ha ocupado horas de pantalla, discusiones en redes y conversaciones encendidas. Se discute si alguien puede “sentirse” animal, si eso tiene reconocimiento social, si es identidad, metáfora o moda. Y, sin embargo, mientras debatimos eso con intensidad casi épica, en Ecuador pasan casi desapercibidas discusiones estructurales: reformas al COOTAD que redefinen competencias locales, cambios en la jornada laboral que afectan la vida cotidiana de miles de familias, o decisiones sobre extracción minera que comprometen territorios y generaciones futuras.
No se trata de ridiculizar el tema. El fenómeno therian toca un problema filosófico real: ¿qué somos? ¿Qué define nuestra identidad? Es una pregunta ontológica antigua, que va desde Aristóteles hasta Judith Butler: la relación entre naturaleza, cultura y autopercepción. El problema no es pensar la identidad. El problema es convertirlo en espectáculo mientras lo político urgente queda fuera del foco.
La deliberación democrática requiere jerarquía de prioridades. Cuando el espacio público se llena de polémicas virales, lo estructural pierde audiencia. Mientras discutimos identidades digitales, casi no discutimos el modelo de desarrollo, la calidad institucional o el tipo de Estado que estamos construyendo. Y esa desproporción no es inocente: el algoritmo privilegia lo emocional, lo polémico, lo identitario; lo técnico y estructural no genera clics.
Además, el encierro en debates culturales locales nos vuelve provincianos frente al mundo. Apenas se conversa sobre lo que ocurre en Cuba, donde la crisis económica redefine la vida cotidiana, o sobre el conflicto persistente en Oriente Medio, cuyas tensiones impactan la geopolítica global. La política exterior parece lejana, pero influye en precios, migraciones y estabilidad.
Aquí hay una lección filosófica: no todo lo pensable es igualmente urgente. La ontología puede ser fascinante; pero la justicia distributiva, la institucionalidad y la sostenibilidad son más decisivas para la vida concreta. Recuperar la deliberación política no implica censurar temas culturales, sino ordenar la conversación pública. Preguntarnos menos “qué polémica me indigna hoy” y más “qué decisiones estructurales marcarán mi país en diez años”.
La madurez democrática no consiste en opinar de todo, sino en discernir lo importante. Y quizá el verdadero debate no es si alguien se identifica como animal, sino por qué como sociedad estamos dejando de debatir lo que define nuestro futuro.
Pablo Ruiz Aguirre