En la crónica de nuestra identidad, se ha podido observar un sinnúmero de fiestas populares como el carnaval, que se erigen como un crisol viviente de sincretismos que nos conectan con los ancestros y sostienen nuestras raíces.
El carnaval, tal como han descrito estudios publicados en revistas indexadas de antropología y ciencias sociales, no se trata de una simple fiesta de máscaras y serpentinas, sino más bien constituye un rito de tránsito que fusiona saberes prehispánicos con huellas de tradiciones traídas desde tierras lejanas. En los Andes, las celebraciones de febrero evocan antiguas celebraciones agrarias, vinculadas al agua, al maíz y la fecundidad. Los carnavales mestizos llevan en su espíritu la permisión sagrada de invertir los órdenes, de reírse de la rigidez, de reconocer en la fiesta un espacio de comunión con la tierra y con los espíritus de quienes labraron estas montañas antes que nosotros.
Esa fusión que ha sido producto de siglos de intercambio cultural, resistencia y adaptación, nos recuerda que está bien celebrar sin perder nuestras raíces. Podemos danzar bajo el cielo de carnaval sin olvidar que cada canto, cada ritmo tiene su linaje. Podemos reír y jugar con agua y harina, siendo conscientes de lo que significa la purificación, la alegría compartida y la renovación del tejido social.
El feriado que se aproxima nos ofrece una oportunidad singular para vivir las fiestas con respeto y tranquilidad. Desde estas cortas líneas, invito a que vivamos estas fechas con respeto, sin violencia ni desbordes que hieran la convivencia. Celebremos con altura, iluminando nuestras fiestas con el resplandor del conocimiento y la gratitud. Que este carnaval sea, también, un acto de reconocimiento a quienes nos antecedieron y a quienes, con su canto, sostienen hoy las raíces más profundas de nuestra identidad.
Lucía Margarita Figueroa Robles
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