Durante el Festival de Artes Vivas ocurrió algo extraordinario:
Loja dejó de ser ciudad y se convirtió en escenario.
No hablo solo de teatros ni museos. Hablo de plazas que respiraron otros aires, de parques que se volvieron salas abiertas, de calles donde transitaban historias. De esquinas que dejaron de ser tránsito para convertirse en encuentro.
Por décima vez, la ciudad no fue fondo.
Fue protagonista.
Y sobre ese gran escenario ocurrió otra escena igual de valiosa:
las marcas dejaron de ser decoración publicitaria para convertirse en parte del relato.
No vimos roll-ups cansados sostenidos por una piedra.
No vimos mesas solitarias repartiendo volantes destinados al olvido.
Vimos marcas integradas al espacio, activando escenas, generando momentos.
Fueron —en el sentido más noble—
los nuevos priostes de la fiesta cultural.
Este año, con recursos limitados, el festival nos dio algo fundamental:
una ciudad viviendo su mejor versión pese a todos los retos.
Sí, hubo confusiones en la programación.
Sí, faltó una narrativa gráfica más clara.
Pero también hubo: evolución, intención y avances.
Loja no vivió un evento.
Vivió una transformación.
Cuando el escenario es la ciudad,
el arte deja de ser espectáculo y se vuelve memoria histórica.
Y cuando una ciudad vibra,
las marcas verdaderamente no llegan a vender:
llegan a quedarse.
Marlon Tandazo Palacio
marlonftp@gmail.com