Como todo niño que entra a la escuela, yo llegué a pensar que la ciencia tenía características como la de que solo lo científico tenía valor porque era verdadero.
Con el pasar del tiempo, las nuevas experiencias y conocimientos me han llevado a ver la relatividad de lo científico. Por ejemplo, encuentro un gran valor al tener una familia bien unida. O cuando leo una novela de Hesse o una poesía de Tagore. También encuentro un gran valor cuando hay una ley justa o un juez sabio.
Y entiendo mejor la diferencia que hay entre ciencia y literatura. Cada una tiene su objetivo, su método, su significación. Sé que la ciencia estudia el universo material y no puede declarar nada que tenga que ver con asuntos de creencias o de aspectos abstractos como la justicia, el amor, la honradez, etc. Sus verdades, que son relativas, se las encuentra mediante la experimentación y con ayuda de instrumentos pertinentes.
En literatura, en cambio, no hay “verdades” sino narraciones que provocan significados diferentes en cada lector. Si un poeta le escribe a su hija: “Tú eres el sol que me alumbra”, no se trata de una “verdad” científica. Más bien es una mentira científica porque nadie es sol. Pero… resulta que es una “verdad” literaria y su hija se sentirá satisfecha. Ella ha entendido el “mensaje” y no la “verdad” científica. Consecuentemente, no se puede sacar teorías ni verdades científicas de un texto de literatura y hasta hay la libertad de decir mentiras científicas. Lo correcto es hallar el mensaje. Es el caso de libros como el Corán, la Biblia y otros: no se puede sacar teorías de sus escritos, así como no es pertinente discutir científicamente sus contenidos. Simplemente, el que cree, cree.
Sería ilógico si la hija del poeta desecha la poesía porque le dice mentiras anticientíficas.
Carlos Enrique Correa Jaramillo
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