Ser arrecho no era opción, era una obligación; cuando el lenguaje del poder marca el rumbo del país

Ser arrecho no era opción, era una obligación. Con esa frase, Daniel Noboa intentó proyectar fortaleza y determinación. Sin embargo, cuando quien la pronuncia es el presidente de un país, el mensaje trasciende lo anecdótico: se convierte en una señal de cómo se concibe el poder y de qué valores se promueven desde la cúspide del Estado. Un mandatario no habla solo por sí mismo. Cada palabra que pronuncia define el tono moral y emocional de la nación. Por eso, expresiones como esta, cargadas de dureza y connotaciones de violencia, no fortalecen el liderazgo: lo empobrecen. Transmiten la idea de que gobernar consiste en imponerse, no en dialogar; en mostrarse agresivo, no en ser firme con humanidad. En un contexto en que el país atraviesa tensiones sociales y protestas con víctimas mortales, el discurso presidencial debería ser el de la calma, la empatía y el consenso. Sin embargo, frente a las recientes movilizaciones y denuncias de represión documentadas por organismos internacionales, el presidente prefirió el silencio en los momentos difíciles y la bravura cuando el peligro había pasado. Esa incongruencia no inspira respeto, sino desconfianza. Las palabras del poder pueden unir o dividir, sanar o herir.

Cuando desde la autoridad se normaliza el lenguaje violento, la sociedad entera se endurece; se vuelve más intolerante, más desconfiada, más propensa a resolver sus diferencias desde la rabia y no desde la razón. Ecuador no necesita un presidente “arrecho”, necesita un presidente sabio, empático y valiente sin estridencias. Porque el verdadero coraje no está en gritarlo: está en demostrarlo con hechos, en dar la cara en los momentos difíciles y en hablarle al pueblo con respeto.

Marco A. González N.

marcoantoniog31@hotmail.es

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