Cuando hablo de mi padre, tengo sentimientos encontrados. Recuerdo que, cuando era niña, casi no lo veía. No recuerdo haber jugado con él, ni haber cocinado juntos, o tal vez haber ido a algún parque a tomar un helado. Lo recuerdo distante, serio y cansado.
Sin embargo, en mi mente surge una de las memorias más bonitas de mi vida, una de esas que me hacen entender su infinito amor y su particular manera de amar: rústica, pero real. Recuerdo un día en que me llevaba a la escuela. Salimos a tomar el bus; él me acompañó, pero luego se fue caminando mientras yo lo veía desde la ventana. La situación me entristeció, pues me pareció muy injusta, ya que el destino era lejano y llovía.
Años después supe que él no subió al bus porque, para él, no importaba caminar bajo la lluvia o el frío; lo más importante era que yo estuviera bien. Desde ese momento entendí que los padres aman en silencio. Su amor es tan verdadero que no necesita exhibirse. Los hijos, muchas veces, no podemos ver su amor ni tampoco su dolor… y la sociedad no aplaude su sacrificio. O quizá no nos enseñaron a amarlos.
Su lenguaje de amor no es efímero ni se basa en el romanticismo. Su amor es de sacrificio en silencio, de callar cuando quiere hablar, de dejar cuando quiere estar presente, de olvidar que en su día fueron olvidados, de aparentar fuerza cuando están quebrados por dentro, de vivir en incertidumbre y angustia al no poder proveer, de llorar en silencio y con culpa cuando la vida los ha golpeado, y por muchas veces no ser perdonados.
Un padre es como un árbol frondoso, fuerte y riguroso. A veces sin flores, a veces sin frutos, sobreviviendo en el desierto, la lluvia o la tempestad. Pero tan importante para la humanidad. Así es un padre: nuestro refugio, la seguridad y protección que necesitamos, el amor que no reconocemos, pero que siempre está ahí, sin juzgarnos, confiando en cada uno de nuestros pasos. Muchas veces olvidado o lidiando en soledad. ¿Pero qué sería de nosotros sin su sombra?
Luz Marina Jimbo Ponce
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