Ha sido un año distinto caracterizado por lo atípico. Nuestras rutinas cambiaron y nuestros planes se desdibujaron. Este 2020 ha evidenciado la fragilidad de la vida ante la presencia de la parca representada hoy en un microscópico virus, que llegó a resaltar la vulnerabilidad del ser humano.
La edad no fue indicador del tiempo de existencia por este mundo. A menor edad más años de vida, no fue una regla general. La riqueza no alargó la permanencia en este universo porque el dinero no prolongó la vida. Estas interpretaciones -que obvio de antemano ya eran inciertas- se ahondaron más en el pensamiento humano.
Esta pandemia aún no terminará, pero sí un año cronológico más. Ante este penoso panorama, surge como interrogante: ¿Qué vale celebrar al finalizar los 365 días del año 2020 cuando muchos hemos sido víctimas de los efectos pandémicos que van desde perder un trabajo hasta perder un familiar?
La respuesta es fácil. Celebrar que estamos respirando, que estamos con vida. Que hemos aceptado que somos frágiles, que a pesar de habernos fracturado física o emocionalmente hemos resistido.
Por lo tanto, para este 31 de diciembre que nuestro monigote -tradición ecuatoriana- no sea de cartón, papel o aserrín sino de los miedos que interrumpen nuestros sueños, de las incertidumbres que embargan nuestra mente y de las penas que diluyen nuestra alma, y quemémoslo en la hoguera de nuestro ardiente corazón para olvidar lo malo y abrazar la vida en el 2021.
Carlos Orellana Jimbo
ab.carlosorellana@hotmail.com