Nuestro buen Municipio, desde los años noventa del siglo pasado, ha tenido vaivenes diversos con ediles de indudable prestigio en muchos de los casos, y con vergonzosos corifeos de líderes demenciales en otros tantos. El resultado ha sido un cuerpo de legislación municipal que tiene una buena cantidad de ordenanzas absurdas que, en un momento determinado, fueron propuestas y aprobadas por el cabildo. Muchos de esos cuerpos normativos surgieron de la cabeza de algún burgomaestre febril o de algún otro que, desde su alto sillón, vislumbraba una realidad distinta a la que percibe un mortal común. En los últimos tiempos, sin embargo, el rebaño edilicio, rebelde a sus pastores de antaño, ansioso de figuración propia, se han lanzado a tratar de demostrar sus inexistentes talentos en los medios de comunicación y en las redes sociales. Las disparatadas intervenciones, los afanes de gloria política, las propuestas ridículas, nos asaltan desde el Twitter o desde los noticieros de la radio y de la televisión. Muy orondo alguno propone que los bares y las cantinas prodiguen sus elíxires a sus sedientos borrachos las 24 horas del día. Así, señala, se promoverá el turismo alcohólico a nuestra ciudad. Otro se proclama defensor de la cultura y con canoros trinos pontifica sobre los bienes y los males del Festival de la Artes. Alguno más afila su mirada a la Alcaldía pensando, seguramente, que arreglar los diversos problemas de la ciudad será tan fácil como componer una buena fotografía. Varios hay que se encuentran en desaforada campaña electoral recordando a los electores sus imaginarios trabajos por el bienestar ciudadano y atragantándose, de paso, con suculentas tortillas de maíz.
Este grupo, tan heterogéneo en sus orígenes como homogéneo en su ambición, no constituye nuestra esencia. Ni siquiera una aguada esencia de café.
Carlos García Torres
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