El futuro es siempre una incertidumbre. La crisis pandémica y sus daños colaterales, hacen pensar que lo peor ya ha sucedido, y que lo que vendrá no podrá superar el terror que se vivió. Aun en esa candidez frente al desastre y a la crisis, el futuro sigue siendo un telón oscuro que esconde cajas de pandora.
Eso nos recuerda a un famoso cuadro de Paul Klee, el ‘Angelus Novus’, que sirvió de fundamento al extraordinario Walter Benjamin, quien lo rebautizó como el ‘Ángel de la Historia’. El ángelus, pintado por Klee, tiene su mirada desorbitada, y su vuelo se alza sobre las ruinas de lo sucedido. Sus alas, enredadas en la tempestad que lo empujan hacia adelante, le impide recomponer el desastre. Sin embargo, ese Ángel de la historia, “ha vuelto el rostro hacia el pasado” para encontrar alguna huella de certidumbre.
En ese pasado de la historia lojana donde se pueden encontrar ruinas como luces, aparecen algunas conmemoraciones que no pueden continuar bajo el polvo de lo que el tiempo encubre. Este 2022 debe servir para revitalizar la memoria de quienes, en su época y a su forma, contribuyeron para dimensionar las crisis de su tiempo.
Es el caso de Miguel Riofrío de quien se cumple hoy el bicentenario de su nacimiento. De Agustín Cueva Sáenz, artífice de la abolición del concertaje, ciento cincuenta de su natalicio. Son cien años de la publicación de uno de los textos de ciencias sociales más estudiados y leídos en este país: El indio ecuatoriano. De todo ellos -Riofrío, Cueva, y Jaramillo Alvarado- todavía queda mucho por decirse, y ellos, seguramente tendrán mucho que acotar a estos nuevos tiempos.
Pablo Vivanco Ordoñez
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