El licor es parte de nuestro folclore y del turismo. No de otra manera se explica la pretensión de una reforma a la ordenanza que prohíbe al Municipio emitir permiso alguno a centros nocturnos, ubicados dentro de un radio de 200 metros de planteles educativos, casas de salud, albergues, iglesias, entre otros. La propuesta hecha al Municipio por la Asociación de Centros Nocturnos, considera que los bares, discotecas, tabernas y más negocios que funcionan con la fachada de “turísticos”, deben estar en el centro de la ciudad, no a 200 metros. Es decir, “aquisito”, porque al turista hay que darle todas las facilidades y tratarlo bien para que regrese a Loja, ubicada entre las que más consume alcohol.
De aprobarse dicha lógica, mañana habría bares y discotecas “turísticas”, cuantas iglesias y centros educativos existen en la ciudad. Y no debe sorprendernos que un devoto que madrugue a misa, regrese con aliento de discoteca; y el que sale de la discoteca, se vaya a dormir con aliento de iglesia. Ambos beodos, ajumados, ebrios. A la final que importa si el alcohol es parte de nuestro folclore.
Estarían exentos de esta gracia los bares, discotecas, tabernas y cantinas ya instaladas en el sector de la “pileta”, a cuyos propietarios no los mueve nadie “cuando habla el dinero todos son mudos”. Además, el lugar es tradicional, turístico, con clientela fija y conocida. Chicas y chicos que beben codo con codo, pensando que la mayor proporción de la vida está en el alcohol y otras drogas. Si duda, escuche a los vecinos de la ciudadela Zamora las imágenes que ven, las palabras que oyen, la música que se toca y el desfile de borrachos manejando carros y carrasos. Su quejada a las autoridades es como “una pulga sobre un elefante”.
La folclórica propuesta constituye para el Municipio y los concejales, un ejercicio de sensatez y responsabilidad social y cultural.
Adolfo Coronel Illescas