Nuestra Loja de ensueño está pincelada con verdes montañas y un cielo que ni el mejor artista podría matizar su color, o el sentimiento que produce verlo; decora cada fotografía tomada con la inocente ilusión de hacer protagonistas a sus aspas eólicas, y pinta en la mente de cada visitante la hermosa quimera de ingresar a una ciudad de fantasía.
Sin embargo, el fin de cada sueño es despertar; entonces, qué pasa cuando existe un llamado de la realidad. Qué pasa cuando esos visitantes entran a la ciudad por los suburbios. Qué pasa cuando los recién llegados encausan su visita en una especie de juego festivalero que basa su objetivo en evitar los múltiples y descuidados baches de decoran las calles de todo Loja; si, incluido el centro. No sé qué pasará cuando los romeriantes devotos de la Virgen de El Cisne encuentren, cuando separada su demostración de fe tras dos años de pandemia, una ciudad de sueños convertida en una ciudad de duras realidades a nivel social, económico que no se permite ni un voto de motivación por su total descuido, insegura y perdida de su esencia, su lojanidad. Una ciudad que, conocida como lugar de fe, se ve convertida en tierra de nadie.
El evidente descuido de la ciudad implica incomodidad, peligro, y desdicha. Como hija de Loja, y con el compromiso tatuado en el pecho de procurar su continuo adelanto, me permito hacer un llamado de atención a sus autoridades. La mercadotecnia política y turística no sólo se deben a maravillosas fotografías, nuevas atracciones, monumentos y acto simbólicos. La verdadera atracción turística se debe a ciudadanos contentos, con un medio ambiente sano y de calidad, donde se puedan desarrollar dignamente; un lugar que verdaderamente represente los dichos de Benjamín Carrión, “la tierra más bella de la tierra”.
Ma. Verónica Valarezo Carrión