Acabamos de celebrar 213 años desde que los próceres de la independencia se tomaron el Palacio de Carondelet, sede de la Real Audiencia de Quito, para proclamar una junta patriótica que gobierne estas tierras.
Desde entonces nos legaron libertad y Quito se convirtió en Luz de América, siendo el ejemplo para la liberación de los demás países dominados por el yugo español, empero hoy somos esclavos de la corrupción arraigada en las esferas estatales y en casi todas las instituciones públicas, salvo honrosas excepciones.
Los escándalos en la administración de la hacienda pública son evidentes, el fraude y el clientelismo se han expandido como una sombra de cinismo y desprecio por la legalidad, obstáculo que imposibilita el desarrollo y el buen funcionamiento del aparato estatal.
Los sectores vulnerables no son atendidos prioritariamente, entre ellos niños y ancianos, mientras el narcotráfico, la delincuencia organizada, el sicariato y la violencia, van tomando cuerpo, dejando una huella indeleble de muerte y desazón.
Al parecer, el crimen organizado, las bandas delincuenciales, van ganado terreno, porque el esfuerzo que hace el Gobierno por controlar esta situación resulta insuficiente.
La libertad que nos legaron los patriotas entre 1809 y 1812 hoy es arrebatada por la corrupción y la delincuencia, que no permiten el desarrollo de nuestra Patria. Para protegerse los corruptos manosearon las leyes, las hicieron a su antojo a fin de que cuando llegue el momento la pena a imponerse por el delito de asociación ilícita resulte un escarnio para la sociedad y un premio para los corruptos.
Hace falta reformar las leyes o dictar nuevas para castigar en forma ejemplar a estos facinerosos que han puesto al país en vilo, mientras la gran mayoría de compatriotas miran absortos estos despreciables hechos.
Luis Muñoz Muñoz