Los nuevos tiempos parecen que vienen cargados siempre de nuevas crisis, añejadas de otras viejas y bien conocidas. Las fórmulas para enfrentarlas, suelen ser remozadas por un nuevo bagaje lingüístico, nuevas categorías para comprenderlos, y nuevas especialidades para tratarlos. Hoy, las grandes crisis exteriores al ser humano, empiezan a ser socialmente opacadas por las grandes crisis interiores del individuo: en medio de crisis sociales, hay fracturas internas, espirituales, emocionales, psicológicas, que parecen replegar al individuo para priorizar el pensar en la crisis interna aun así afuera el mundo se derrumbe.
Las nuevas modalidades de existencia en las ciudades que empiezan a tener ritmo metropolitano, o que aspiran a tenerlo, empujan a un aislamiento progresivo. En los trabajos ya nadie conversa, en los espacios de atención todo se vuelve rutinario, a los cafés los hace la cafetera, y la comunicación se virtualiza. Los rostros se desvanecen, y el contacto se reemplaza.
Por la individualización de las formas de existencia cotidiana -sumada a la pérdida de comunidades urbanas elementales: barrios, organizaciones, clubes, jorgas, etc.- es que los problemas colectivos y sociales, dejan de ser el foco de atención de los ciudadanos, que tienen cada vez menos tiempo de mirar las noticias o de procesarlas, o de pensar en la política y analizarla. La frivolidad con que se enfrenta a lo común desde lo personal, va destejiendo la vieja red de interrelaciones que construyó el mundo que nos ha sostenido hasta hoy. Por eso, hay que seguir mirando hacia afuera, con más atención y cuidado. Afuera, quizá, se pueden encontrar mejores respuestas a los problemas internos que a casi todos ahogan en los nuevos tiempos.
Pablo Vivanco Ordóñez
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