Las viejas figuras de la historia suelen quedar empolvadas en la memoria de los pueblos. Las luces que fueron sembradas por ellos, con el tiempo suelen ser ensombrecidas, ocultadas tras los nuevos fulgores que intentan sepultar las viejas modernidades que nos han legado las grandes instituciones, las grandes ideas, los grandes relatos, y que muchas veces, sostienen todos los nuevos procesos sociales.
Los jóvenes de hoy, difícilmente logran identificarse con la memoria histórica, con la obra de hombres y mujeres que abrieron la trocha de los derechos y las conquistas que hoy gozamos y vivimos.
El campo cultural de batalla, va siendo progresivamente ocupado por una industria cultural que procura la anulación de la vitalidad de la historia, de las identidades pequeñas, fragmentarias, locales, y desea, por encima de ellas, figuras y formatos que atiendan a su expectativa de mundializar las formas de pensamiento y de vida.
La globalización, hecho de innegable aceleración, va haciendo tabula rasa del valiosos pasado.
Es preciso que las universidades a la cabeza, no pierdan de vista que la historia no solamente debe ser enseñada, ni dictada como relato ajeno. Ahora debe ser vivida, apropiada, hecha parte del imaginario diario. No bastan solamente los monumentos, la recordación estéril de las conmemoraciones. Hace falta que se revitalicen los nombres, las historias labradas. Hace falta que se hagan atractivos para las nuevas generaciones. Hace falta quitarle el velo del culto, y volverla cotidiana, darle sentido en la existencia colectiva.
Pablo Vivanco Ordoñez
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