En estos días llenos de noches ya no es la peste del coronavirus la que tiene asustados a no pocas personas, sino otra peste, la violencia, traducida en robos, violaciones y asesinatos. Ante estos hechos tenemos dos opciones, a saber: afrontar esta realidad en serio (y con humor, que es la quintaesencia del amor) o procrastinar por temor. Procrastinar la solución al problema convierte a las personas en corazones duros, fanfarrones. El alma bella por temor a que el corazón duro le mate al salir de la cárcel o del tugurio, se encierra en su casa para lamentar lo acaecido y de tanto golpearse el pecho (mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa) ya tiene estropeadas sus cervicales; su hipocresía no le hace entender que los golpes de pecho no sustituyen la identidad cambiaria. Quien afronta la violencia en serio, agarra la montaña de mierda (la violencia) con las manos sin ensuciarse el corazón, no se pone guantes ni lleva una vida profiláctica (lavarse las manos en el aguamanil de Poncio Pilato cincuenta veces al día, y por si acaso con alcohol) para ayudar a sanar. La persona es por definición buena-y-mala a la vez y cuando acogemos a otro acogemos lo bueno-y-malo que hay en ella, ya quisiéramos acoger solo lo bueno del extranjero, pero no es posible, si no acoges todo no acoges nada. El no acoger lo bueno-y-malo del extranjero produce xenofobia, otra peste que hace que el no acogido reaccione robando, violando y matando. Estas y otras pestes no se irán si no acogemos lo bueno-y-malo del pobre, del huérfano, de la viuda y del extranjero. Ya lo dijo con humor A. Camus: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada, pues él sabía que esa muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros: que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.
Jorge Benítez Hurtado
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