Un conocido escritor latinoamericano sabiamente ha afirmado que, al buen Dios, al entregar la tabla de los 10 mandamientos a Moisés se le olvidó un undécimo mandamiento. Quizá uno de los de mayor importancia: “Amarás a la naturaleza” Pues ésta, está ligada directamente con el ser humano. Los seres vivos debemos nuestra existencia a esa naturaleza que tan poco en cuenta hemos tomado desde que el hombre tiene memoria.
Precisamente los seres “racionales” somos quienes más irracionalmente nos hemos comportado con esta maravilla de la creación que es nuestro hábitat en todas sus manifestaciones.
Antes de que llegaran los “civilizados” europeos hasta estas tierras, nuestros indios tenían la costumbre de celebrar el albazo. Esta fiesta singular consistía al llegar el alba, en cantarle al sol y en hacer una ceremonia de agradecimiento a la tierra por la existencia y por la fecundidad.
Albert Einstein, afirmó que vivimos en un universo amoroso, en una tierra que responde positivamente a todas nuestras inquietudes y necesidades y que el culto a la tierra, es el culto a la vida misma. De tal manera que nuestros indios, separados en distancia y en tiempo, concordaban con el más grande científico de todos los tiempos.
Irresponsablemente el hombre en 150 años, está terminando con el petróleo que el planeta tardó más 300 millones de años en acumularlo. Sin embargo, la madre tierra sigue proveyendo al ser humano de todo lo necesario para su subsistencia. La extracción de fósiles y la minería que lo envenena todo, son manifestaciones de lo poco que valoramos la salud y la vida, dando prioridad a la economía y a la sociedad de consumo. La irresponsabilidad de los gobiernos de turno que festinan nuestros recursos sin importar las generaciones del mañana ni tampoco la salud de los que vivimos ahora.
Hever Sánchez M.
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