Marcan una sola hora

Los tiempos cambian y con ellos las sociedades se transforman. La historia da cuenta del cambio en la forma de organización de la vida, de los valores, las instituciones y las normas que rigen cada tiempo: todo aquello, sobre el tamiz de los relojes cambia en esencia, en forma, o apariencia.


La sociedad de hoy es una sociedad individualista, donde las comunidades empiezan a desaparecer, a esfumarse, y se presentan como un anacronismo inútil para el devenir vertiginoso de las transformaciones digitales, tecnológicas y científicas. Hay ciertos principios políticos -e ideológicos por supuesto, aunque hayan agoreros de su fin- que promueven libertades en nombre de derechos individuales, relievando aquel principio por sobre el del bienestar colectivo.


La condición animal abandonada por el ser humano en el instante en que fue capaz de trascender un estadio puramente instintivo, y empezar a construir comunidades que sean soporte para el mantenimiento de la vida, garantía de la reproducción cotidiana de cada uno de ellos, es la muestra de que hay una constante en el desarrollo de los tiempos, y es la de que en cooperación permanente de los comunes se ha de hacer resistencia a las fuerzas de destrucción. Diversos sistemas sociales, entre ellos la educación con la universidad a cuestas, se han incorporado -sin advertir de sus consecuencias- en el engranaje complejo de la progresiva e irremediable desarme del tejido social.


Hoy hablar de cohesiones sociales automáticas es una ingenuidad, porque la fragua de las unidades no se hace sobre ciertos acuerdos comunes sino sobre la certeza de la existencia de desacuerdos irreconciliables.

Pablo Vivanco Ordóñez
pablojvivanco@gmail.com