Se despertaron en la parte más fría de la madrugada cuando las raídas mantas ya no alcanzaban a protegerlos del viento helado y de la llovizna inclemente. Inmediatamente escondieron sus cosas y comenzaron a caminar cuesta abajo dejando atrás el puente que los había cobijado. Mientras caminaban la somnolencia dio paso al hambre desbocada que los asaltaba y los torturaba a esa hora de la mañana. Apretaron el paso para huir de la sensación horrenda de tener el estómago pegado a las costillas y se encaminaron al cruce de avenidas para entrar de lleno en la incertidumbre y el miedo que les deparaba el nuevo día. Cuando llegaron se encontraron a otros que se les habían adelantado y que estiraban manos ansiosas a los lujosos autos, en cuyo cálido interior, gente achispada y alegre celebraba la llegada del nuevo año. A lo lejos, aún se podían ver fogatas humeantes y luces en los ventanales. Si se aguzaba el oído se escuchaban pastosos brindis por una felicidad perenne que ellos no alcanzaban a comprender. Encontraron un lugar apropiado y comenzaron su ritual diario esperando que alguien se detuviese, que alguien entendiese su necesidad y su desesperación. Todo inútil. Apenas pocos centavos lanzados con desprecio y en algunas ocasiones con indignación. Un borracho, tendido en un rincón, cantaba “yo no olvido al año viejo”, alguien más recalcó que amanecía el primer día de un nuevo año. Ellos trataban de entender a que se referían todos, pero esas palabras no tenían ningún sentido. Era un día como cualquier otro, habría que sobrevivir, habría que resistir hasta que apareciese el sol que abriga por igual a todos y que éste, como todos los otros días, les ofrecía aquella esperanza que sus congéneres más afortunados les negaban.
Carlos García Torres
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