La cultura salva muchas veces de la locura y el sinsentido, de la soledad, del hastío, de la positividad, pero también del encierro de los totalitarismos, de la ceguera de los fanatismos, del ensimismamiento de los pródigos. Acude siempre como mano extendida para acelerar las transformaciones unas veces, otras para acentuar lo existente, o también para matizar, maquillar, o encubrir.
La cultura es siempre un producto de la actividad humana, y en un amplio sentido del término está estrechamente vinculada con la libertad porque es el sustrato que le permite su despliegue, es el elemento que le permite ir fabricando las ideas, las herramientas y los sentidos con los que hacer su propio mundo.
El juego, la fiesta y el arte, son componentes centrales de la actividad cultural, porque encierran una dimensión lúdica que permite un acercamiento alegórico que desinhibe del corsé del convencionalismo; es también una fiesta porque logra vivir determinado tiempo como si fuese un tiempo extraordinario; y finalmente se nutre de la producción artística que muestra cosas que miramos pero que no somos conscientes, o nos muestran algo vetado en la cotidianidad, o nos muestra lo conocido y lo desconocido revestido de una belleza que molesta, deslumbra, o incomoda.
Así como muchas son las dimensiones de lo humano y por tanto de lo cultural, es que debemos defender siempre el Festival que nos pertenece. Hay defenderlo no solo desde la lógica económica y política, sino también desde la dimensión humana a la que en estos germinales años poca atención le prestamos. Después será una boya indispensable.
Pablo Vivanco Ordoñez
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