El ser humano siempre ha tenido comportamientos aberrantes para realizar sus fiestas. Con la invención de la pólvora en China, nacieron también los juegos artificiales que se irían perfeccionando a través del tiempo, les pusieron colorido para que se hagan más atractivos a los ojos de las personas.
En la actualidad, estos juegos parecen imprescindibles en casi todas las sociedades de la tierra. Sus ruidos ensordecedores y la luminosidad aumentan el morbo desenfrenado de los espectadores. Aunque aparentemente se festeja con ellos, estos juegos provocan daños irremediables en el medio ambiente y una terrible alteración en el comportamiento de los animales. Los materiales con los que son construidos son altamente tóxicos. El amonio y perclorato de potasio, se concentran en el agua contaminándola a más no poder.
La capacidad auditiva de los animales es muy superior a la de los seres humanos. Al ser detonadas estas explosiones, sus daños son irreversibles. Muchos mueren con los tímpanos reventados, otros mueren de infarto; generalmente las aves abandonan sus pichones y ya no regresan a sus nidos por la confusión que les causan los estruendos. Según un estudio de la Universidad Lomonosov de Moscú, la población de pájaros estaría descendiendo drásticamente debido a las explosiones.
La pirotecnia mueve millones de dólares alrededor de cada celebración, pero después solo queda un olor a tragedia, pólvora y muerte. La educación para detenerla, debería venir desde los jardines de infantes, escuelas y colegios.
Millones de pájaros, perros y otros animales ya están sentenciados a la tortura y muerte en las navidades y ‘año viejo’ que se avecinan. Qué paradójico, trágico y retrógrado que, en la Navidad, en donde el mundo cristiano celebra la llegada de Jesús, se lo haga precisamente atentando, envenenando y asesinando la creación que dicen adorar.
Hever Sánchez M
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