El pensamiento celebre de José Mujica que argumenta que “No le pidamos al docente que arregle los agujeros que hay en el hogar”, ha impresionado a todos, tanto por la exactitud de su contenido como por la belleza literaria de su exposición pedagógica y ética.
A su sabio y austero enunciado agrega que “en la casa se aprende a: saludar, dar las gracias, ser limpio, ser honesto, ser puntual, ser correcto, hablar bien, no decir groserías, respetar a los semejantes, y a los no semejantes, ser solidarias, comer con la boca cerrada, no robar, no mentir, cuidar la propiedad y la propiedad ajena, ser organizado; y, concluye puntualizando que “en la escuela se aprende: Matemáticas, lenguaje, ciencias, estudios sociales, inglés, geometría y se refuerzan los valores que los padres y las madres han instalado en sus hijos”.
Estas magistrales lecciones de Mujica, escrita con admirable y majestuosa claridad y limpieza, nos adoctrina que solo hay dos fuentes de aprendizaje: la enseñanza que es un acto a través del cual un profesor transmite conocimientos a sus alumnos sobre una materia determinada; y, la educación que es la formación en valores, tarea que corresponde al núcleo familiar, institución que tiene la misión y la visión de transmitir valores y principios a los hijos.
Así, en un mundo amenazado por el aniquilamiento, ciertos derechos personales- el derecho a la unión, al respeto, a la honestidad- ya no pueden ser salvaguardados solo por los profesores. El mundo tiene que lograr instituciones que le garanticen un mínimo de orden, y el único embrión capaz de lograrlo es el hogar. Y sin duda alguna, en manos de la familia está el deber de inculcar los primeros pasos como un medio, oírlo bien, que ayude a conservar los valores espirituales de los hijos, que es la esencia misma de la civilización.
Jaime A. Guzmán R.
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