Que el hacinamiento, que la pérdida de control de los recintos, que la incapacidad institucional, que los años previos, que la culpa es de los otros, que no nos abastecemos, que los derechos humanos, que la alta peligrosidad, que el narcotráfico, que el microtráfico, que la magnitud del problema, que el estado de excepción -y la exención del gobierno-…
Ya cuando el problema ha estallado y las manos ya no sirven para remendar las vidas, toda respuesta se hace inútil para una reparación integral de la crisis. Si, todo lo dicho en el primer párrafo puede ser cierto, pero los ojos se han quedado colgados en la consecuencia más obvia, pero sin preguntarse qué impulsa esa caótica cadena que lleva a la gente a la cárcel por drogas, por robo, por asesinato, por microtráfico, narcotráfico, por consumo, por violencia…
Detrás de toda esa cortina empapada de sangre hay grietas sociales que no se curan sino que se tapan; como si a los baches del pavimento les pusieran cinta para no ver el hueco.
Hay que mirar lo que esconde un drama nacional. Tras toda la tragedia hay pobreza, abandono, barrios sin escuelas, escuelas sin maestros, maestros sin sueldo, sueldos que no alcanzan, aspiraciones que se frustran, frustraciones que violentan, violencias que se reproducen, y vidas en soletas, pendiendo de un hilo que los introduce en un mundo dos kilómetros más allá de la ley, porque es el lugar desde el que pueden sobrevivir. Y cuando ya no pueden sobrevivir, mueren, pobres, y son simple cifra, como si no tuviesen dignidad en medio de su angustia.
Pablo Vivanco Ordóñez
pablojvivanco@gmail.com