Política y odio

No es necesario abundar en palabras y en ejemplos para mostrar que el ejercicio de la política tiene que ver mucho con el odio. No solamente con aquel que se produce entre partidos y que trata de exterminar al contendiente político, sino también con el que se manifiesta internamente en los mismos, realizando las consabidas “purgas” y en las que logra su objetivo aquel que ha acumulado más poder.

Es necesario y natural que se manifiesten diferentes formas de pensamiento, de opiniones o de propuestas. Nunca se debe esperar que todos pensemos de la misma manera ahora y en todas partes. Uno mismo es capaz de cambiar de forma de ver conforme avanza el tiempo y se aprenden nuevas cosas o se realizan nuevas experiencias. Un pensamiento detenido, congelado, inamovible, no nos sirve mayor cosa en nuevas situaciones. Se vuelve estéril y detiene el avance del conocimiento.

Pero, a pesar de que lo dicho es una verdad de perogrullo, en la realidad no se acepta a quienes políticamente proclaman otras tesis que no sean las propias. El accionar colectivo partidista se declara enemigo de los demás y comienza una guerra para aniquilar a quienes tienen la osadía de pensar de otra manera. ¡Se convierten en enemigos irreconciliables!

Y en la actualidad, en las redes sociales, se magnifica la pelea anónimamente, pues anónimos colectivos difaman, insultan, escarnecen a quien quiera que se ponga al frente. Aunque reclamarán que otros han hecho lo mismo con ellos y se sentirán amenazados en su libertinaje para hacer cualquier acto por más reprochable que sea.

¿Cómo combatir esta forma peligrosa y dañina de hacer política? No hay otra que la opuesta: bajar los niveles de odio y buscar puntos de encuentro y diálogo. El respeto al pensamiento ajeno debe ser una virtud transversal de todo buen político.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com