El 27 de agosto del 2021, en la ciudad de Salinas, cuando las arenas porosas del mar abollaban mis pies y emergían gotas de agua con suspiros, con tristeza me enteré del fallecimiento de Maruja Eufemia Torres Guzmán, una mujer, por fuera y por dentro, maravillosa y una dama que representó la más encuadrada y completa expresión de la madre virtuosa.
Nunca en mi vida he tenido tanta congoja. No sé; pero me sucedió algo que explicar no puedo. Sin embargo, con la añoranza de soñar un poco e intentando sobreponerme a la aflicción, vinieron a mi mente los recueros. La recuerdo en mi infancia, en mi tiempo dorado de mi juventud y ahora de adulto. Era una persona particular. Su vida fue un poema de amor. Amo todo lo que le rodeaba, con generosidad y sin reproches. La vida le había dado conocimientos que ataban los corazones de los más rebeldes. El sino de su vida era la equidad y siempre me sorprendió el atestiguar su espíritu de justicia y su alma justa, sincera y apasionada por el bien.
Marujita, sí; hasta los últimos días de su vida, fue una madre eficiente, que les dio a sus hijos alas para volar; y, también, también herramientas para mantenerse unidos, para ejercer sus profesiones con caballerosidad, sin odios, ni cálculos de ninguna naturaleza. Era caritativa con el pobre y el rico, y una amiga leal y sincera. Llegar a su casa era como “llegar a un lugar parecido a la felicidad”.
Así la recordaremos siempre con su entusiasmo por las cosas bellas y puras, con su sonrisa franca y amistosa, con su palabra cálida, con el gesto de su mano tendida. Y esas virtudes hiladas con sutil filosofía, sobrevivirán e irán ganando seguidores por doquier.
Hasta siempre Marujita. Usted vivirá en mi alma y en mi ser.
Jaime A. Guzmán R.
jaimeantonio07@hotmail.es