La libertad y la imprenta

Las imprentas constituyen objetos fascinantes. Esas grandes moles de hierro con sus rodillos, con su tinta, con su ritmo cadencioso, han sido capaces, a lo largo de la historia, de llevar el pensamiento humano a través de todos los tiempos y todas las distancias. A principios del siglo XIX nuestro José Mejía Lequerica abogaba por la libertad de imprenta en las Cortes de Cádiz. Explicaba a los diputados recalcitrantes la necesidad de permitir la libre difusión de las ideas como modo único de impulsar el progreso de la humanidad “valdría más que en vez de conservar las cadenas de dicha previa censura, se prohibiese absolutamente escribir y aún hablar, sobre toda materia” decía en su famoso discurso en ocasión de la disputa sobre dicha libertad. Triunfó Mejía, se proscribió la censura en la Constitución Española de 1812, y andado el tiempo esta idea fructificó en las constituciones latinoamericanas.  Por eso, es ahora un lugar común el rechazo a los censores estatales. La primera Ley Orgánica de Comunicación del Ecuador, dispuso varios mecanismos contrarios a la libre expresión del pensamiento que generaron la repulsa total de los periodistas y de todos los ciudadanos.

En este ambiente dos atildados jóvenes, de buenos y perfumados pergaminos, dueños de un medio digital de moda, indispensable tópico en los comentarios de los que no tienen nada que decir, fueron contratados por un canal estatal para un programa político supuestamente irreverente y contestatario. Puestos a la tarea no tuvieron mejor ocurrencia que lanzar insultos racistas al presidente de la CONAIE. Por una buena media hora estos caballeros se esforzaron en el nunca visto empeño de hacer humor sin inteligencia. Reprochados por la sociedad presentaron sus dignas renuncias alegando que no podían sujetarse a moldes. El “punch” final del sainete lo dio el administrador del canal incautado diciendo que se atacaba la libertad de expresión. Por supuesto, no cabe esperar que este señor o aquellos caballeros entiendan que esta libertad está guiada por la razón y que el racismo es precisamente la negación palmaria de la inteligencia.

Carlos García Torres

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