El arte, como “virtud, disposición y habilidad para hacer algo”, o como “conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo”, (DEL), debe considerarse como un componente ineludible del quehacer político.
Al conocimiento mínimo de todas las ciencias y al específico de algunas de ellas (de lo que habíamos hablado en ocasión anterior), hay que añadir la habilidad para realizar las cosas de buena manera, así como el manejo de preceptos y reglas para hacer bien las cosas, cuando del manejo de la cosa pública se trata.
En muchas ocasiones habremos tenido la oportunidad de conocer a personas muy entendidas en todos los campos. Nos damos cuenta de que su formación académica e intelectual ha sido sólida y poseen, además, una amplia cultura general, de tal manera que estimamos en mucho su dedicación y preparación, y vienen a ser un estímulo para nuestra propia preparación. Pero… les falta el arte para sacar adelante los proyectos que se les encomienda, o no son capaces de liderar a grupos humanos para conseguir los objetivos que se proponen.
Y ocurre que en política no puede admitirse la falta de decisión, el cometimiento de equivocaciones u omisiones, la inutilidad de entablar un diálogo con todos los actores políticos o la falta de habilidad para escoger colaboradores que conformen un cuerpo de expertos, que apoyen firmemente las decisiones de la autoridad, empleando sus conocimientos y sus fortalezas.
Porque quienes son elegidos para un cargo de representación pública, se enfrentan con problemas sumamente difíciles que requieren de soluciones, no solamente rápidas, sino también efectivas, a un costo mínimo y con expectativas de elevar las condiciones materiales y espirituales de los electores, especialmente de aquellos que han vivido en condiciones lamentables.
Carlos Enrique Correa Jaramillo
cecorrea4@gmail.com