Cuenta Homero que, en la isla de Eea, vive la diosa Circe, de hermosas trenzas. Cuando llegan los humanos, a veces llenos de ambición, los invita a su sin par palacio, rodeado de leones y lobos de largas uñas. Luego, sienta a los convidados en preciosos bancos con clavos de plata y les ofrece sendos banquetes. El disfrute se acompaña con excelente vino, escanciado en copas de oro.
Cuando el báquico festejo avanza, Circe, la de extrañas pócimas, coloca un brebaje, en el fermento de la uva, que hace que los humanos se conviertan en gruñones cerdos. Entonces, ordena que sean encerrados en horrendas pocilgas, donde los alimentará con comida apropiada para los marranos.
Se dice que, cuando la divina Circe se aburre, sale a recorrer el mundo. A veces, encuentra insaciables hombres, usa sus mágicas pociones y los transforma en lechones. Suele pasar cuando familiares, que se han querido mucho, disputan terrenas herencias.
Ocurre, con frecuencia, en el ámbito político. Los que otrora eran compañeros, camaradas de lucha, se convierten en fieros enemigos por las pequeñas migajas que el efímero poder otorga. Si se descuidan, Circe puede aparecer y convertirlos en cebones. Los alojará en paupérrimas chancheras que, a sus ojos, lucirán como hermosas mansiones. Los alimentará con desechos que, seguramente, confundirán con magníficos platillos.
En fin, hay que tener cuidado con la hija de Helios, el que aclara el día.
Gabriel U. García T.
@gulpiano1