Si hacemos un autoanálisis de nuestra personalidad y de nuestras acciones, llegaremos a la conclusión de que todos tenemos un poco de quijotes (soñadores, idealistas, visionarios.) y, otro poco de sanchos (realistas, materialistas, ambiciosos.). Desde luego, en este frágil mundo, ahora agobiado por el coronavirus, algunos somos más quijotes que sanchos y viceversa.
Estos divagares se lo debemos al ilustre español don Miguel de Cervantes Saavedra, hasta nuestros días considerado como el mayor escritor en idioma castellano, y su novela “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, como la segunda obra más vendida en el mundo, luego de la Biblia. Y sus personajes Don Quijote y Sancho Panza, el genuino reflejo de lo que somos los seres humanos.
A veces pensamos que las obras famosas de autores famosos, deben haberles dado una plácida existencia a sus creadores; sin embargo, la realidad es completamente distinta. Los biógrafos dan cuenta que Miguel de Cervantes, nacido en Alcalá de Henares el 29 de septiembre de 1547 en el seno de siete hermanos, debió sortear una serie de problemas económicos, al punto que a los 24 años se alistó en el ejército que luchaba contra los turcos, y participó el 7 de octubre de 1571, en la célebre batalla de Lepanto, en donde perdió una mano, y ganó el apodo que lo inmortaliza: “El manco de Lepanto”.
En medio de severas estrecheces económicas e incluso dos encarcelamientos (el uno por un presunto homicidio que luego fue desvanecido y el otro por deudas), al estar en prisión por segunda ocasión, en Argamasilla del Alba, en el año 1602, comenzaría a escribir la obra que lo llevaría al cenit de los escritores hispanos: “Don Quijote de la Mancha”, publicada en 1605, con un éxito sin precedentes. En 1615 editó la segunda parte.
Famoso pero pobre falleció el 23 de abril de 1616, fecha consagrada a celebrar el Día del Castellano y el Día del Libro. Qué bien que, en Loja, la UTPL, hizo trascendente esta fecha con el lanzamiento de la novela “La ciudad que te perdió” del escritor Dr. Carlos Carrión Figueroa, mi recordado maestro universitario.
Darío Granda Astudillo
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