Llegan las fiestas. Y como cada diciembre, el país se cubre con luces, villancicos y discursos de unidad. Pero detrás de los adornos, la realidad nos sigue golpeando: una pobreza que no cede, una inseguridad que paraliza, una juventud que emigra por falta de futuro o no tiene trabajo, y un Estado que, lejos de corregir el rumbo, se ha plegado al negocio de la política sin alma.
Celebrar en medio del dolor ajeno debería ser, al menos, incómodo. Pero la Navidad, en su sentido más auténtico, no es escapar, sino asumir. Es tiempo de conciencia, no de evasión. Porque la esperanza no se construye negando la realidad, sino transformándola.
Desde este espacio personal crítico y comprometido, sigo apostando por una esperanza activa: esa que se atreve a cuestionar las injusticias, que se indigna ante la desigualdad, que acompaña al que resiste, y que trabaja, desde lo pequeño, por una sociedad más justa, más ética.
No podemos hablar de “espíritu navideño” cuando se expulsa al pobre del discurso público o se normaliza que el banquero que se beneficia con más de 500% de utilidades hable de sacrificio. No podemos cerrar el año sin preguntarnos: ¿qué país estamos dejando? ¿En qué momento confundimos paz con indiferencia, y silencio con estabilidad?
Hoy, más que nunca, necesitamos que la ética vuelva a ser faro. Que el amor al prójimo sea más que un eslogan. Que la justicia no dependa del color político, y que la verdad no sea una estrategia de marketing.
Que esta Navidad no nos adormezca. Que nos despierte.
Y que el año que viene, si no puede ser feliz, al menos sea honesto. Que duela, si tiene que doler, pero que inspire la lucha por algo mejor, que nos interpele de manera individual, que nos inspire de manera colectiva.
Porque la esperanza no se hereda. Se conquista.
Álex Daniel Mora Arciniegas
alexmorarciniegas@gmail.com