La expresión “Soy un hombre de barro” puede entenderse de varias maneras. En las Escrituras se dice que Yahvéh tomó barro y formó al hombre.
Pues bien, desde hace un poco más de dos siglos, en círculos intelectuales, se ha conformado una idea más o menos generalizada mediante la cual se forma una división entre ciencia y creencia. Una división que ha llevado a algunos pensadores a la imposibilidad de que ciencia y fe puedan coexistir pacíficamente: o es la ciencia, o es la fe.
No voy en este momento a hablar desde esta perspectiva, sino desde una experiencia personal en unos momentos de descanso en que me puse a pensar en lo primero que me llegó a la mente. Y fue, precisamente sobre mi constitución física: lo que soy en términos materiales y de la biología, la química y las demás ciencias.
Lo primero que se me vino a la mente fue de que soy un organismo vivo, que tiene vida orgánica, que obedece a leyes de la genética, de la biología. Y puse mi atención también en lo material de este cuerpo. Entonces me dije que en mis huesos hay calcio, un no metal químico que forma varios compuestos como la cal, etc. También me encontré con otros elementos químicos como el carbón, el hierro, el fósforo, el oxígeno, el nitrógeno, el silicio, el sodio, el potasio, el mercurio, el nitrógeno, ¡y tantos otros más!
Por otro lado, me pregunté ¿de dónde provienen estos materiales? La respuesta fue inmediata: del suelo, de la tierra, del polvo. Y vi que me alimentaba de esos elementos y que mi cuerpo crecía y se forjaba con esos elementos. Tengo que comerlos para tener una buena salud, para combatir enfermedades, para agradar también a mis sentidos. Fue también ocasión para ver que no soy un dios ni mucho menos.
Al final, llegué a una conclusión totalmente científica: ¡Yo soy hecho de barro!
Carlos Enrique Correa Jaramillo
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