Existe cierto número de pequeñas virtudes -por ejemplo, la cortesía- que no causan una ruidosa admiración; más cuando no aparecen, las mutuas relaciones entre los hombres son tirantes, difíciles, incluso borrascosas. Esas “pequeñas virtudes” son precisamente las que hacen soportable y agradable nuestra vida cotidiana.
Nuestra jornada se desliza ya sea en el lugar donde trabajamos, ya en el interior de nuestra casa; y para la madre de familia estos dos campos de acción no forman sino uno, puesto que su trabajo u obligación está muchas veces en su hogar. Es aquí donde tenemos que practicar las virtudes cristianas.
La vida familiar exige un gran número de pequeños deberes y virtudes que a menudo suelen descuidarse; ya por ser muy numerosas, ya porque no nos parecen muy importantes. La sonrisa, las atenciones y agasajos mutuos crean en el hogar una atmósfera de reposo y de paz.
Además, estas pequeñas virtudes requieren otra gran virtud, es decir, ese gran amor que se trasluce en los más pequeños detalles.
¡Qué hogar tan encantador aquél en que todos se esmeran por mostrarse corteses y unidos! Y es que ser cortés, presupone ser afable, cordial, empático. amable, delicado.
Sin embargo, a menudo educación y cortesía, son consideradas como artículos de exportación. Nos mostramos muy corteses y afables con los de afuera de casa, pero una vez en ella, ya no hay miramientos.
Debemos, pues, con nuestro vocabulario y actitudes, suavizar las rudezas cotidianas que muchas veces impiden expresar los profundos sentimientos de afecto que experimentamos los unos por los otros.
¿Qué tal si dedicamos a eso una semana? Yo les garantizo siete días de felicidad. Ni se diga si lo hacemos de forma continua por el resto de la vida.
Edgar A. Ojeda Noriega
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