El ambiente electoral no oficial en Loja está encendido. Entre perfiles que se asoman y precandidaturas ya proclamadas, proliferan las ofertas de obras que prometen sacar adelante a nuestra ciudad bajo un aura de bienestar casi idílico. Estas promesas, potenciadas por estrategias tecnológicas y narrativas seductoras, buscan ilusionar a una ciudadanía cansada; sin embargo, es necesario someter dichas propuestas al rigor del análisis. Para juzgar con raciocinio, debemos traer al ruedo la limitante principal que condiciona cualquier gestión: el presupuesto municipal, hoy severamente restringido para la ejecución de inversiones. Por ello debemos preguntarnos ¿Responden las propuestas de campaña a un asidero real o son solo retóricas de ocasión?
Sacar a Loja del abismo y del letargo acumulado no es tarea de un solo periodo ni de soluciones mágicas. Lo que ha estado mal hecho y enquistado durante mucho tiempo solo puede erradicarse con un trabajo paulatino, serio y de largo aliento. En el escenario lojano, la proliferación de candidatos, aunque amparada por la Constitución, revela una crisis profunda donde las organizaciones políticas se han convertido en simples «casas renteras» u oficinas de alquiler electoral, carentes de oficio y doctrina. Han sepultado su propósito original de ser espacios de formación ciudadana para convertirse en vehículos de ambiciones personales.
Ante esto, la ciudadanía debe tener la madurez de aceptar sus errores previos y corregirlos con determinación. El verdadero castigo para quien miente deliberadamente sobre cambios totales sin sustento técnico debe evidenciarse en las urnas. En Loja, la justicia electoral debe ser la prudencia en el voto y la pertinencia en la elección, soterrando aquello que carece de integridad. Nuestra ciudad requiere con urgencia ordenar la casa hacia el interior del municipio y que esta institución cumpla con una deuda histórica en obras civiles y sociales. El dilema es claro: o nos quedamos con el candidato que miente con elocuencia y expone proyectos espectaculares bajo una incertidumbre total, o apostamos por la opción que, aunque resulte impopular por su autenticidad, expone con seriedad hasta dónde se puede estirar la sábana y qué es lo que realmente construiremos trabajando en conjunto.
Paúl Cueva Luzuriaga
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