En campaña todo se puede. El discurso no tiene costo fiscal ni pasa por informe de sostenibilidad. Basta un micrófono para ofrecer seguridad, empleo, hospitales y carreteras. Al asumir el cargo, todo se complica, competencias limitadas, controles, procedimientos y una institucionalidad que no se transforma con entusiasmo ni con hashtags.
Ese contraste alimenta la crisis de representación. El ciudadano no reclama milagros, reclama coherencia; y la coherencia no puede ser un recurso de campaña, encendido cada cuatro años y apagado al juramentar. Junto con la credibilidad, debería ser una característica permanente del ejercicio público, verificable en decisiones, nombramientos y rendición de cuentas.
El problema de fondo no es la falta de propuestas, sino la falta de personas íntegras. Las instituciones no necesitan apostadores de la política los que llegan a probar suerte y a cobrar la ficha en la próxima elección, sino servidores con vocación y con la entereza de sostener lo que dijeron cuando ya no conviene decirlo. Necesitan resultados, camino y visión; resultados, porque la gestión se mide en servicios que funcionan; camino, porque gobernar es un proceso ordenado y no una sucesión de improvisaciones; visión, porque sin objetivos de largo plazo cada administración empieza de cero.
Algo similar ocurre con los espacios semanales de comunicación. Antes sorprendían pera precampaña; hoy los tiene casi todo candidato. El problema aparece cuando el informe reemplaza al resultado y la escenografía ocupa el lugar del expediente. Comunicar no es gobernar.
¿Qué viene? ¿Qué nos espera? Los resultados están a la vista, instituciones debilitadas y ciudadanía escéptica. La salida no es más marketing, es más responsabilidad.
Daniel González Pérez
dagonzalezperez@gmail.com