El género periodístico de la entrevista recupera su esplendor en los tiempos en los cuales grandes crisis sacuden a los individuos y a las naciones. Cuando Nixon se encontraba acorralado por el escándalo de Watergate concedió una memorable entrevista que sigue siendo un referente para los estudiosos del periodismo. Giulio Andreotti, el temible político italiano, con el arma de la ironía desarmaba y humillaba a sus entrevistadores. En el Ecuador de hoy, en medio del huracán que atraviesa el gobierno, los entrevistados oficiales desfilan desafiantes por todos los noticieros y los diputados opositores, con pocas excepciones, se contentan con exponer sus puntos de vista desde los medios digitales. Entre gobierno y oposición parece haber consenso en las poses y los visajes que debe exhibir el político que comparece ante el tribunal televisivo. La primera imagen debe develar un individuo que mira fijamente a la cámara con el ceño fruncido y con expresión reconcentrada escuchando atentamente las preguntas que el periodista le formula. Cuando salta la interrogante con un gesto de autosuficiente fastidio debe agarrarla por el cuello y diseccionarla en pequeños cubitos capaces de contener solo las dosis mínimas de verdad que el público debe conocer. Ante la menor insinuación de corrupción una ceja debe levantarse en ademán de incredulidad y si la insinuación se concreta en una pregunta comprometedora debe abrir los ojos hasta cubrir toda la frente demostrando que la sorpresa ha dado paso a la indignación. Con santa ira por el honor ofendido hará grandes aspavientos y negará cualquier acto incorrecto de agnados y cognados. La técnica dramática es igualmente importante en el caso de un fiscalizador devenido defensor oficial que ahora debe nadar entre las aguas de las fáciles denuncias y las peligrosas corrientes de una opinión pública cada vez menos crédula.
Carlos García Torres
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