¿Libertad o irrupción? El dilema de la soberanía

Toda nación cifra su destino en un proceso histórico propio; una sucesión de ciclos donde el desarrollo y la depresión son el resultado de las decisiones de sus gobernantes y la voluntad de su gente. En este tablero, Venezuela se presenta como un caso crítico donde la línea entre la asistencia y la injerencia se ha vuelto peligrosamente borrosa. Si bien la urgencia de una transición es innegable, lo idóneo sería que el cambio emanara de las variables internas del país. Sin embargo, la intervención de potencias externas —específicamente Estados Unidos— plantea interrogantes que trascienden la retórica de la «liberación».

Entrar en una nación ajena bajo el pretexto de ordenarla es equiparable a invadir la morada de un vecino para imponer una visión propia de bienestar, pretendiendo además perpetuar la estancia hasta que el «orden» sea restaurado bajo criterios forasteros. Criticar esta irrupción no implica, en absoluto, simpatizar con la gestión de Nicolás Maduro —cuyo fracaso es evidente—, sino cuestionar el cómo y el porqué de este proceso.

En la cruda realidad de la geopolítica, los «salvadores de gracia» no existen. Si el motor de la intervención fuera puramente humanitario, cabe preguntarse: ¿Por qué la mirada internacional no se posa con la misma firmeza sobre Haití, sumido en un colapso institucional y social absoluto? ¿O sobre Ecuador, que enfrenta una expansión criminal sin precedentes? La respuesta es tan antigua como la industria moderna: el interés es selectivo.

La historia reciente nos advierte que ninguna «colonización ideológica» disfrazada de defensa de derechos ha dejado un saldo favorable. Desde el Medio Oriente hasta África, las secuelas de la intervención suelen ser cicatrices de inestabilidad crónica. De persistir esta imposición sobre el territorio venezolano, el resultado no será la prosperidad, sino una polarización social y económica que fatigará la riqueza natural del país. Mientras el mundo debate sobre derechos, el «oro negro» sigue siendo el combustible real de una hegemonía que busca asegurar su patio trasero. Sudamérica no enfrenta solo una crisis política, sino el riesgo de convertirse, una vez más, en el escenario de una soberanía hipotecada.

Paúl Cueva Luzuriaga

paulscueva@hotmail.com

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