Hablar del desarrollo de las parroquias rurales sin hablar de producción es seguir condenando al campo al abandono. Durante años hemos escuchado discursos sobre el potencial agrícola y turístico de nuestros territorios, pero la realidad demuestra que nuestros productores siguen enfrentando enormes dificultades para convertir la tierra en oportunidades.
Uno de los problemas más graves, y del que poco se habla, es la disgregación de la tierra rural. Las grandes propiedades se han ido fragmentando generación tras generación, hasta convertir muchas parcelas en pequeñas unidades productivas que, sin asistencia técnica, riego, tecnología, crédito y acceso a mercados, difícilmente pueden competir.
No se trata de decirle al campesino qué hacer con su propiedad. Se trata de reconocer que, si no construimos políticas públicas que permitan asociar, tecnificar y comercializar la producción, cada vez tendremos más tierra dividida y menos capacidad productiva.
Las parroquias rurales no necesitan únicamente obras de cemento. Necesitan obras que produzcan: sistemas de riego eficientes, caminos en buenas condiciones, centros de acopio, capacitación, transformación de productos, mercados para nuestros agricultores y políticas que incentiven al joven a quedarse en el campo y no verse obligado a migrar.
Resulta contradictorio hablar de desarrollo mientras nuestros productores venden su cosecha a precios injustos y, en muchos casos, ni siquiera cuentan con condiciones adecuadas para sacar sus productos al mercado.
El campo no pide caridad. Pide oportunidades.
Si queremos parroquias rurales fuertes, debemos dejar de mirar al sector productivo como un tema secundario. La tierra es nuestro patrimonio, pero una tierra fragmentada, abandonada y sin planificación termina convirtiéndose en una oportunidad perdida.
El verdadero desarrollo rural comienza cuando entendemos que producir también es hacer obra, generar empleo y construir futuro
Jorge Eduardo Burneo Iñiguez
jeburenoi@hotmail.com