La dolorosa despedida

El desencanto llega en medio de la euforia. A la esperanza la dinamitó un gol, cuando todavía teníamos en la garganta el grito del empate. Parece reflejo de la historia: cuando creemos estar mejor, llega la tristeza para instalarse como fin único del destino. Lo nuestro no parece ser el equilibrio constante, la estabilidad duradera, la sonrisa como estado permanente. Por eso nos gustan tanto las fiestas -las laicas y las religiosas- porque nos permiten escapar de esos dolores que transitan las mismas venas que nos dan la vida. El mundial es eso, una fiesta que se instala cada cuatro años, y que en el mejor de los casos dura siete partidos. Es efímero, de alta intensidad, escurridizo, como las verdaderas alegrías, transitorias.

También era esta una generación nueva, como lo exigen los grandes acontecimientos. Pero una mala metida de pata, o estar a un metro del lugar correcto nos cierra las puertas. Todo como para valorar que la ilusión es un ingrediente, pero no la receta completa. Habíamos asistido a la gran fiesta del mundo, y nos despedimos inesperadamente. Ahora corresponde el amargo trance de saber que no estará cerca un triunfo que nos vuelva a encender la esperanza, el lugar al que la paciencia no siempre alcanza. El fútbol, como la vida, se resuelve en detalles, en pequeños y decisivos detalles. La batuta también se confunde, y los genios tienen malos días. Esta es la nuda vida.

La selección, como en pocos momentos de la historia, logra silenciar las dolencias de la gente, todo lo emergente queda relegado por noventa minutos. Las oficinas y las aulas cubren sus tedios y conflictos, los relegan para unirse en la intriga de saber hacia dónde irá el balón.

Pablo Vivanco Ordoñez

pablojvivanco@gmail.com

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